El nacimiento de un Japonofílico

Hace tiempo, mientras investigaba todo lo que podía sobre el Japón moderno, descubrí una palabra curiosa: Japonofilia, que significa tener interés o amor hacia Japón y su cultura en todos sus aspectos. Me sorprendió el termino pero no me sorprendió que existiera, sobretodo hoy en día, en la que el país del sol naciente ha influido tanto a occidente por su exotismo y sus obras artísticas (cine, música, videojuegos, mitología, diseño, gastronomía, idioma, etc.).

Ahora, ese concepto lo conocía de antes pero con otro nombre; Otaku. Es común cuando las personas interesadas en Japón, comienzan por los elementos más cercanos; el manga y el anime y a los seguidores de ese material se les llama otakus. Muchas series y películas de animación niponas se han emitido por televisión y nos han acompañado en nuestra infancia, desde Doraemon o Shin Chan a Dragon Ball y Mazinger Z, programas que cualquier persona puede reconocer de inmediato.

El nacimiento del otaku

Normalmente, otra persona ya metida en ese mundo y que conoceremos por una tercera persona en común o compartiendo clase nos enseñará que nos estamos perdiendo la “mejor parte” de Japón. Nos hablará de series que solo se emiten en Japón, pero que se pueden ver con subtitulos, como si fuera un elemento de lujo al que podemos acceder fácilmente cuando no debería serlo. Un día, traerá unos comics mal impresos que se leen en dirección contraria, pero nos corregirá. Eso no es un cómic, es un manga. Comparará los cómics a la serie televisiva, contando que este es siempre mucho mejor y más completo que su adaptación animada.

Eso es solo el inicio. Nos enseñará su móvil lleno de openings de series y se otras canciones originales en una carpeta llamada “J-Pop”. No solo podrá cantarlas, ademas nos podrá chapurrear alguna frase en Japonés, alegando que lo ha aprendido todo de la música y el anime. Esa información puede decírtela en un restaurante de sushi llevado por auténticos asiáticos, o directamente en su casa, donde decenas de posters no dejarán intuir el color de la pared que esconden.

¿Salón del manga? Exacto, es un evento donde cientos de personas así se reúnen, compran y socializan con otros otakus. Te enterarás mientras te enseña su disfraz, al que se referirá como “cosplay“. Puede que reuses disfrazarte al ir por primera vez a un salón pero luego estarás rodeado por personajes animados ahora en 3 dimensiones. Un grupo de chicas camina entre las decenas de stands de merchandising con un cartel donde indican que regalan abrazos, y completos desconocidos aceptan. Otros no paran de obstruir la circulación al hacer fotos sin parar.

Si, pasarás calor y te cansará caminar tanto, pero si descansas en el pabellón de al lado podrás ver el concurso de cosplay y alucinar con el detalle de esos disfraces. A tu lado decenas de personas con una bolsa (como mínimo) llena de figuras, juegos, películas y posters varios a la que protegen como si fuera un tesoro. El día acabará seguramente con varios contactos nuevos en tu móvil, de gente que has conocido allí dentro y que planean hacer el siguiente año un “cosplay conjunto”.

No te habrás dado cuenta, pero hace párrafos que estás metido en este mundo. Has hecho tus primeras compras, escuchado tus primeras canciones y te sabes algunas palabras en japonés. Puede que hayas cogido un camino distinto al explicado, como algún amigo que te ha introducido a los videojuegos de rol con chibis poligonales, o el tráfico de tazos y cromos, pero el final del camino es el mismo. Ahora vives y respiras cultura japonesa, participas en foros y tu fondo de pantalla es tu crush en 2D.

El nacimiento del weaboo

Un día, debatiendo por Internet sobre tus temas favoritos, una persona ajena a ese mundo y que se refiere a si misma como “normal” te llama “weeboo“. Este termino más urbano se traduce como “persona con una obsesión malsana por la cultura japonesa, hasta el punto de despreciar la cultura propia”. Lo negarás. Dirás que solo te gusta aunque te avergüenzan ciertos posters que escondes detrás del armario para que tu madre no los vea. O por el contrario, te sentirás orgulloso de pertenecer a ese clan de personas a las que llaman “Otakus”. Ese termino está idealizado, te has peleado con muchos de ellos porque no tienen ni idea de lo que hablan, o sus gustos están plenamente equivocados.

Ha llegado ese momento. Te aburre que otras personas no te hablen sobre Japón o no entiendan. La familia solo habla de chorradas como el tiempo, la boda que se aproxima, sus tediosos trabajos o las notas que has sacado. Durante meses habrás seguido a otra persona que te gusta porque sus gustos son parecidos a los tuyos, pero incluso tu personalidad se está aproximando al de un personaje de anime. Tienes vergüenza de hablarle, no quieres quedar mal, quieres destacar. ¿Pero como? ¿Que tienes que no tengan otros? ¿Que experiencias te definen? Puede… y solo puede… que seas un weaboo.

La relación con el japón cultural muchas veces es cíclica. Muchas personas entran y como en un buffet libre cualquiera, se inflan a consumir todo lo que haya delante de sus ojos hasta que no pueden mas y abandonan. Puede ser por la falta de variedad o de calidad en todo el material consumido, o algún factor externo como otros amigos de gustos muy distintos. Y aunque pienses que esa ruptura con Japón es permanente y durante un tiempo la mires con cierto resentimiento, algún elemento nuevo y exótico te volverá a llamar la atención. La nostalgia te abrazará y te susurrará que hubo muy buenos momentos.

El nacimiento del japonofílico

Mi historia no difiere en demasía de lo relatado, aunque he mezclado elementos que he visto en otros para completarla y darle más contraste. No hay niño que pueda resistirse a las series anime cuando es pequeño, aun recuerdo al primer amigo que me recomendó una serie subtitulada (Lucky Star) y mis visitas al salón del manga de Barcelona aun las recuerdo con cariño, aunque nunca he acudido para comprar compulsívamente.

El manga no ha conseguido engancharme salvo raras ocasiones, pero no puedo decir lo mismo del anime o de los vidoejuegos. Ni tan siquiera logro recordar cuando o porqué comencé a “estudiar” japonés. Decía las mismas 4 palabras constantemente y eso me bastaba, hasta que en un punto de mi vida, necesite más. Comence a ojear gramática, diccionarios para turistas y escritura hiragana. No podía pagar por unas clases ni tampoco tenia mucho donde elegir, pero mi curiosidad me llevó a avanzar tanto de forma autodidacta que me apunté al examen Noken para tener un titulo básico.

Aun no se si lo hice bajo una completa ignorancia o si estaba seguro de lo que pasaba, pero lo hice. No conocía a ningún nativo. No había estado nunca en Japón. Nadie me había corregido salvo los pocos libros de los que estudiaba, que tenían las respuestas al final. Tenia una mano de cartas pésima para apostar tan alto. Salí del examen dubitativo, pero pesimista por mis limitaciones de lectura o mi habilidad de escuchar y entender correctamente. No esperaba nada más que haber tenido esa experiencia y contra todo pronostico, aprobé.

Yo solo, sin ayuda de nadie, por el camino más lento y zigzagueante, aprobé el examen básico de la tercera lengua más complicada del mundo. Eso me motivo a seguir en este mundo. Comencé entonces a interesarme en más temas de Japón; su historia, su mitología, sus tradiciones… He sido curioso por naturaleza pero fue a partir de aquel examen que valoré el conocimiento y me abrí a muchos más campos.

El nacimiento del blog

Y ahora, tengo este blog. Todo porque inicié en twitter mi cuenta de samurái. Ahora cientos de personas llamadas por la curiosidad vienen a leer lo que escribo y yo me siento como el amigo del que os he hablado al principio. Ese que tiene información exclusiva de cosas de las cuales nunca has odio hablar o conoces vagamente. El conocimiento nos atrae y es una fuerza enorme, solo que ahora soy yo quien lo quiere compartir. Espero que este blog sea suficiente de momento y que dure todo lo posible.

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